viernes, 23 de mayo de 2008

2.3. LOS TEXTOS CONSERVADOS


a) Los tres cancioneros

La producción artística de estos trovadores y juglares nos ha sido transmitida por los cancioneros, sobre todo por tres: el de Ajuda, el de la Vaticana y el de Lisboa.

El cancionero de Ajuda recibe su nombre por guardarse actualmente en el palacio real de Ajuda. Se trata de un códice escrito a finales del siglo XIII. Contiene canciones de amor, de amigo y de escarnio y maldecir, con un total de 310 composiciones, de las que 56 figuran también en el cancionero de la Vaticana y 189 en el de Lisboa. Todas las composiciones tienen marcadas las líneas para la colocación de las notas musicales, pero éstas quedaron sin escribir. Tiene también miniaturas con representaciones de instrumentos.

Los otros dos cancioneros, el de la Vaticana y el de Lisboa, fueron copiados a fines del siglo XV o comienzos del XVI por orden del humanista Angelo Colocci. El primero pasó, a la muerte de Colocci (1549), a la Biblioteca Vaticana, junto con otros manuscritos de su biblioteca; el segundo, llamado también “colocci-Brancuti” (por los nombres de su inspirador y del último poseedor, el conde Paolo Brancuti, en cuya biblioteca fue descubierto hacia 1875), fue adquirido por la Biblioteca Nacional de Lisboa en 1924; el de la Vaticana contiene 1205 poesías, firmadas por más de cien autores de los siglos XIII y XIV, y el de Lisboa 1567 canciones; las cantigas, tanto en uno como en otro de esos cancioneros, son de los tres géneros reseñados; de amor, de amigo y de escarnio y maldecir; es Cierto que Colocci los hizo copiar de dos manuscritos antiguos, seguramente portugueses, que parece que ya para entonces estaban en mal estado de conservación, pues los copistas, en algunas ocasiones, no fueron capaces de copiar ya completas algunas poesías. Si esos modelos antiguos tenían o no música es cosa que no se puede saber hoy, pues si la tenían Colocci no hizo ningún intento de copiarla. A él solamente le interesaba la poesía.

b) La pérdida de la música

Todo esto significa una pérdida gravísima para la historia de la música en Galicia. Que estas poesías fueran hechas para ser cantadas es del todo cierto, en muchas de ellas se habla de cómo los juglares afinaban las cítolas y otros instrumentos con que se acompañaban mientras las cantaban; de otros se dan detalles de si cantaban bien o mal; en otros casos los mismos trovadores-poetas dicen que hicieron los versos y la música. De hecho, esta era la costumbre respecto de los trovadores provenzales y su música, a los que, a su manera, pretendían imitar a los gallego-portugueses. Y por si hubiera alguna duda, la disipa el cancionero de Ajuda con sus líneas para recibir las notas de la melodía de cada una de sus canciones.

Pero esas melodías no se copiaron, con lo que se ha perdido para siempre este tesoro de nuestra música. La pérdida es tan grande, que llevó a un musicólogo portugués, el Dr. José Augusto Alegría, a buscarles un sustitutivo. El Prof. Alegría parte del supuesto de que no todas las cantigas tendrían en sus orígenes música propia, o que al menos con frecuencia se las cantaría por los juglares con música de otras cantigas de estructura métrica igual; supone asimismo que el origen de esta música era litúrgico, visto que la única cantiga conocida del primer trovador, Guillermo IX de Aquitania, usa para su música la melodía de un versus de Santa Inés que aparece en un manuscrito de San Marcial de Limoges, supone igualmente que las tres colecciones actualmente conocidas de cantigas de amigo (Ajuda, Vaticana, Lisboa) proceden de un arquetipo único, probablemente el “Livro das Cantigas del Conde don Pedro”, que habla de éste en su testamento, otorgado el 30 de marzo de 1350, el cual libro parece que recogía toda la producción poética de los trovadores gallego-portugueses que se conoce, que data de hacia 1199, hasta el desaparecer de esta forma poético-musical, algo antes de 1350; ahora bien, razona Alegría, a lo largo de esos 150 años la notación musical evolucionó grandemente, por lo que es problemático que los copistas de Don Pedro pudieran leer correctamente la notación de las primeras cantigas; de aquí deduce Alegría que seguramente esa colección, recogida de originales dispersos, no contenía la música, sino solamente los versos.

Concluye la exposición de estos datos, que le llevaron a intentar una solución del problema, con la constatación de que, ante estos hechos, los estudiosos han adoptado una de estas dos posiciones, o las dos: lamentarse de la pérdida de este tesoro musical de la cultura gallego-portuguesa, o esperar, aun contra toda esperanza, que un día pudiera aparecer el suspirado cancionero con las melodías.

c) La solución propuesta

Pasa luego a estudiar los dos repertorios de cantigas gallego-portuguesas de la Edad Media que nos han llegado con música: las Cantigas de Santa María, del rey Alfonso X el Sabio, que nos llegaron todas con su notación, pero con una notación que ofrece grandes problemas de interpretación, de modo que, a pesar de la monumental obra de Monseñor Anglés, fruto del trabajo de toda su vida de musicólogo, su transcripción no está exenta de interpretaciones subjetivas y discutibles, mientras –y el caso es muy importante para su tesis- ninguna de las composiciones profanas del mismo rey-poeta nos ha llegado con su música –las únicas que tuvieron esta suerte-, pero en una notación tan inconsecuente, que todos los intentos que se han hecho de transcribirlas han tropezado con enormes dificultades, que han dejado grandes dudas e incertidumbres acerca de los resultados.

Saca, pues, estas dos conclusiones finales: 1. ª, “que serían raros los poetas que conseguirían notar musicalmente sus cantigas”; 2. ª, “que la fuente es, indudablemente, en cualquier interpretación que se les dé, la música litúrgica, incluso por notación, que está basada sobre los neumas de la música de la Iglesia”. Y termina con estas palabras textuales:

“Las 510 cantigas de amigo publicadas por José Joaquim Nunes y atribuidas a 88 poetas no tuvieron nunca música cada una de ellas, o sea, una melodía propia. Aún hoy es siempre la parte poética, incluso la popular, mucho más abundante que la musical. Los poetas nunca fueron automáticamente músicos, y la historia de la música demuestra que la adaptación literaria a formas melódicas pre-existentes fue practicada siempre y aún lo es hoy. Las formas poéticas obedecían a tipos formales o estróficos, que se repetían, de modo que una melodía podía servir para tantas estructuras estróficas cuantas existiesen con un esquema idéntico”.

Pasa luego revista a una amplia enumeración de musicólogos de todas las naciones que reconocieron en la música religiosa los orígenes de la lírica profana medieval. Con todos estos datos presenta, a confirmación práctica de su tesis, siete ejemplos de cantigas de amigo, de ritmos estróficos varios, a las cuales se adaptan perfectamente otras tantas melodías litúrgicas medievales; de cada una de ellas da el origen, así como, en notas críticas, de los textos originales y analiza los problemas estructurales de las métricas respectivas.

He querido exponer, con cierto detalle, los conceptos fundamentales del interesante estudio del Dr. Alegría, pues él fue el único que, hasta ahora, ha intentado buscar una solución a este viejo y agobiante problema.

Y con todo…magis amica veritas. Yo me permito disentir del admirado amigo en varios puntos importantes de su teoría, sobre todo en uno: creo que es falso que esas cantigas no tuvieran nunca sus melodías propias, cada una la suya. El testimonio de los cancioneros provenzales prueba lo contrario y, en nuestro caso, ahí están las líneas musicales del cancionero de Ajuda, que deshacen cualquier hipótesis que no sea la única verdadera: que cada una tenía su música.

En cambio, me parece que tiene razón cuando dice que frecuentemente una determinada cantiga se cantaba con la música de otra de la misma métrica.

¿Y la reconstrucción que hace de hipotéticas músicas...? Es, indudablemente, la única salida que, hoy por hoy, se encuentra a este problema. Una salida que, mientras no haya nuevos elementos que propongan una mejor, es perfectamente aceptable, puesto que, si bien es imposible demostrar que para esa determinada cantiga que él escoge se hubiese elegido, por parte de algún juglar de entonces, precisamente la música que é propone, sí se habría escogido otra parecida, y, ciertamente, los juglares que aquellos años podían haber escogido esa en vez de cualquier otra. Aunque dudo mucho que en la época de los trovadores gallego-portugueses éstos se inspiraran en melodías litúrgicas, como había hecho Guillermo de Aquitania.

Hasta aquí la discusión, aunque somera, de los cancioneros gallego-portugueses de la Edad Media que nos llegaron sin música.

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